04 - INTERVENCIÓN. María Hernández García

PRIMERAS LÍNEAS



Muchas gracias a los dos ponentes y también a los dos discutidores porque nos habéis abierto numerosas vías de pensamiento.

Se han dicho tantas cosas que es difícil aportar algo nuevo. En relación al desarrollo, que realiza Martina y recoge también Sabin, sobre la excitación generalizada, pienso que como analistas debemos intentar comprender la función que cumplen las diferentes modalidades de la excitación dentro de la economía libidinal de cada sujeto.

Dando por axiomático que la excitación pulsional interna en interacción con la excitación del otro semejante va conformando el psiquismo y desarrollando la psicosexualidad, me gustaría referirme en particular a la saturación de la excitación como medida autocalmante.

En contraste con la excitación deseante, que busca la satisfacción en el otro e implica un yo capaz de modular y contener la descarga, la autoexcitación parece funcionar en circuito cerrado, busca la satisfacción lo más intensa posible por ella misma y trata de externalizar una excitación interna generada por inscripciones sensoriales propias de traumatismos precoces no ligados por el yo, y por tanto, no susceptibles de elaboración sino de descarga. Se trata de vivencias relativas a traumas precoces, carentes de representación, impensables entonces e impensables ahora, que involucran al cuerpo y exigen la escucha transfero-contratransferencial del lenguaje pre-simbólico y corporal.

Desde la clínica, pensaba en una mujer joven de 28 años, con rasgos melancólicos, que acude cada fin de semana a la discoteca para bailar incansable, hasta el agotamiento y al borde de la desorganización somática, pero de forma aislada, sin contacto y en una total indiferencia hacia los otros.

Esta sobre-excitación, que en apariencia evita lo sexual, expresa, sin embargo, una «puesta en escena» (enactment), que condensa trauma y defensa.

Por una parte, el impacto en el cuerpo de los ritmos compulsivos (recuerdan a los prenatales), repite lo traumático primario, vivido en el après-coup como terror a la alteridad introducida por el Edipo.



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